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La antorcha abría camino en la cueva, arrancando sombras a la oscuridad. El metal de la armadura respondía al fuego con reflejos dorados, y cada paso resonaba pesado sobre la piedra húmeda.
El caballero avanzaba herido, exhausto. Una saeta había atravesado su muslo; la sangre seca marcaba el cuero y el dolor le robaba el aliento. Cuarenta y cuatro libras de acero, dieciséis más de espada, y el hambre apretando como un enemigo silencioso.

La gruta cedió al fin ante la luz del atardecer. Fría, clara.
El hombre salió, se despojó del almete y bebió lo poco que quedaba en su cantimplora. El rostro curtido, surcado de cicatrices, hablaba de décadas de guerra. Sus ojos, antaño azules, eran ahora grises. Viejos.

Vendó la herida como pudo junto a un manantial al pie del infame Monte del Ocaso. Montó su corcel blanco, Orión, con dificultad, y descendió la ladera entre pinos, viento y nieve incipiente. La noche cayó sin luna. El frío silenció el mundo.

Horas después, ya en tierras más templadas, el caballo galopó. La capa escarlata ondeaba tras él.
El río Segre apareció al fin, y con él la promesa de descanso. Un solo disparo limpio entre los ojos de un cabrito bastó para sobrevivir una noche más.

El sueño llegó rápido.

—¡No! —¡Noreia!

El grito no salió.

Fue Orión quien lo despertó.
Un resoplido inquieto. El roce del hocico. La respiración cálida buscando la suya. El animal había sentido el temblor antes que el mundo.

Daegal abrió los ojos de golpe. El corazón desbocado. Las manos cerradas. El cuerpo aún cayendo.
No recordaba nunca el final del sueño.
Solo sabía que, otra vez, había llegado tarde.

Al alba retomaron el camino hacia el norte, jinete y montura como una sola sombra. El mundo mostraba aún las cicatrices del cataclismo de veinte años atrás: rocas imposibles, llanuras anegadas, restos de una guerra que nunca terminó del todo.

Quedaban cuarenta jornadas de viaje.
Y el pasado cabalgaba con él.

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